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mayo 18, 2010

Roberto

Mi abuelo se ganó la vida como contador. Como yo viví hasta la adolescencia en México, son pocos los recuerdos cotidianos que tengo de él. Recuerdo un viaje que hicimos con él a Valle de Bravo, otro a Oaxtepec... corría el año 88 más o menos y yo estaba obsesionada con ponerme aquel conjunto deportivo celeste con fluor y mis botas vaqueras... Recuerdo esos viajes porque mi abuelo me regaló una camarita de 110 color magenta y lo único que hice en ambos viajes fue hacer fotos. También recuerdo que más adelante me regaló una cámara grande y pesada, lo recuerdo porque mi hermana la más chica me la lanzó por las escaleras y la misma se rompió en mil pedazos

A decir verdad ni siquiera se si lo recuerdo o lo estaré inventando pues mi madre desde México me dice que no sabe si esa cámara alguna vez existió.

Pero lo que sí es verdad (y de esto estoy segura porque estaba yo más grande) es que en 1993 Nos fuimos con él a Disney World. Recuerdo que fue bonito pasear con un abuelo, también recuerdo que fue mi primera experiencia capitalista a full y que desfalqué la tienda temática del Hard Rock (Que lanze la primera piedra el que nunca tuvo algo de este sitio)

Eso pasó en Navidad. Y para el 24 de diciembre mi abuelo le entregó a mi mamá un papelito que decía "Valido por una filmadora". Así llegó a nuestro hogar la primera grabadora de Mini VHS, compañera fiel que logré llevarme conmigo hasta la universidad.

De mi abuelo en casa recuerdo el olor, recuerdo su calvita brillante y suave, que nos daba mucha curiosidad y acariciábamos constantemente. Recuerdo las discusiones con la abuela por sus problemas del azucar y que mojaba su pan en el café con leche. Muy pocas veces lo ví molesto a Roberto pero debo confesar que tampoco lo vi demasiado.





Algunos veranos nos mandaban un par de semanas a la casa de los abuelos en Caracas. El abuelo tenía un carro grandote y marrón. Su oficina recuerdo como con maderas, verdes y azules. Sillones de cuero negros, papeles abarrotados por todos lados. Maquinas de escribir, "Mercedita" la secretaria y ese cenicero grandote cromado que también terminó en mi colección de joyas familiares.

Un día al abuelo le dijeron que no podía manejar más. A partir de ese momento el comenzó a ir al trabajo en taxi. Mi mamá decía que para mi abuelo su trabajo era muy importante, por eso supe que cuando el abuelo dejó de ir a la oficina algo había cambiado.

Así Roberto se fue apagando poco a poco. Primero una cosa, luego la otra. Todo calmado, "pasito" cómo decía él. Hasta que un día se enfermó y decidieron trasladarlo a un hospital.

Yo lo ví al abuelo cuando estaba en su ataud, y no me dió miedo. Me pareció raro porque estaba como maquillado. Ese día entendí lo que se siente vestirse de negro por alguien, y también vestirse de blanco porque mi mamá y todos sus hermanos dijeron que el abuelo los habría querido siempre alegres. También entendí que no se debe usar ropa interior blanca cuando se viste uno de negro porque si se te rompe el pantalón por la costura, pues... no está bien.

Yo lloré mucho cuando pasó todo esto, pero nunca por el abuelo. Lloré del dolor que me dió ver a mi mamita indefensa por primera vez. Lloré por la culpa de haber estado "de parranda" mientras otro ser sangre de mi sangre se diluía en la cama de un hospital... Lloré porque no entendía que significaba lo que estaba pasando. Era la primera vez que vivía un duelo tan de cerca.

Pasó un año, pasó otro. Pasaron bodas y divorcios, graduaciones, novios, mudanzas. Pasó la vida. Y diez años después, mi madre y mi tía decidieron que era tiempo de "limpiar" el cuarto del abuelo.

En medio de esa limpieza llegué yo a la casa y me topé lo más valioso que he encontrado escombrando entre la basura: Cajas de película Kodak, enviadas por Eastman kodak company para Mr Roberto Añez en Caracas, 1957. Instructivos de cámaras fotográficas de diferentes formatos, diapositivas, latas de super 8, cinta scotch de 3M, un corta negativo, lentes, guiones escritos en servilleta.

Horas, viajes, fiestas... La Historia de mi familia derretida frente a mí con olor a vinagre. Nunca un negativo dañado me dolió de esa manera. Quería preguntarle mil cosas, contarle otras más, discutir con él, pedirle que me explique cómo se hacía para editar en casa, cuál había sido su cámara favorita ¿Porqué terminó siendo un contador? ¿Porqué no cineasta? Abuelo ¿Me estoy equivocando? ¿Me olvido de ésto?

Entender que una pasión se puede llevar en los genes es algo muy reconfortante, es saber que uno no esta loco o que por lo menos de algún lado sacó la locura.

"Ay Roberto" pienso yo cada vez que me tropiezo con una piedra en esta carrera por vivir del cine. Y cada vez que una puerta se cierra me acuerdo de los negativos del viejito, esos negativos donde las mujeres vestían atuendos que hoy busco desesperada entre los escombros de la ropa usada.

Cuando pienso que Roberto el contador de cuentos casi termina en la basura absorbido por el contador a secas, creo que es triste pero bonito. Los imagino como parte de unas ruinas a las que viajé para encontrarme un poco más conmigo misma.

Hoy es su aniversario y a mí me caen todos juntos y de pronto, los años de su partida...